El gran salón de banquetes del palacio estaba sumergido en una atmósfera de opulencia asfixiante, donde el aire mismo parecía pesar debido al exceso de perfumes caros y el calor de miles de llamas. Cientos de velas de cera de abeja goteaban desde candelabros de cristal tallado, bañando la estancia con una luz dorada y trémula que hacía brillar las sedas importadas y los intrincados hilos de oro de los invitados. Cada centímetro de la sala gritaba riqueza, pero para Caspian, el joven Rey de piel