El carruaje oficial cruzó las imponentes puertas de hierro del Norte bajo una nevada suave que comenzaba a teñir el paisaje de un blanco inmaculado. Pero el frío exterior ya no calaba en los huesos; dentro del habitáculo, el calor entre Alistair y Elowen era constante y abrasador.
Durante todo el trayecto desde la capital, él no se había separado de ella ni un solo segundo, cubriéndola de mimos, atenciones y besos que quemaban la piel y borraban cualquier rastro de los días amargos que habían