Elowen lo miró fijamente a través del velo empañado de sus lágrimas, sintiendo cómo el corazón le galopaba con una fuerza salvaje contra las costillas. Con un movimiento lento y cargado de afecto, estiró la mano y acarició la mandíbula de Alistair, sintiendo la aspereza de su barba de varios días, un recordatorio físico de las batallas y noches sin sueño que él había pasado para rescatarla.
—Siempre te amé, Alistair —susurró ella con la voz todavía temblorosa por la emoción contenida—. Incluso