El silencio de la alcoba era una presencia física, un muro de cristal que nos separaba a pesar de compartir el mismo lecho. Me quedé inmóvil, escuchando la tormenta golpear los ventanales del ala norte. El calor que emanaba del cuerpo de Alistair me resultaba doloroso; era el recordatorio constante de que el hombre que amé desde niña estaba ahora a centímetros de mí, deseando estar en cualquier otro lugar del mundo.
Con un suspiro que apenas rozó el aire, me atreví a romper el hielo.
—Alistair.