Los veinte días que siguieron a la llegada de la tía Beaumont fueron una clase maestra de actuación. Vivíamos en una puesta en escena constante, donde cada gesto estaba calculado para convencer al mundo de que el Duque del Norte finalmente había entregado su corazón.
Día 3: El paseo por los jardines.
Frente a los ventanales donde la tía tomaba el té, Alistair me ofrecía su brazo con una delicadeza exquisita. Me ayudaba a cruzar los senderos de piedra y, en un momento de genialidad actoral, se i