Habían pasado dos semanas desde aquella noche en la terraza. La casa frente al mar ya no sonaba igual. Las risas seguían, pero eran más suaves. Las voces más bajas. Como si todos caminaran de puntillas para no despertar algo que ya se había ido.
Lia se había marchado en silencio, una madrugada de finales de primavera. No hubo drama. Solo cerró los ojos mientras Camila le sostenía una mano y Mateo la otra. El mar estaba calmado esa noche, como si también hubiera decidido acompañarla en su último