El sol entraba por las grandes ventanas de la villa, dibujando rectángulos de luz sobre el suelo de terracota. Mateo gateaba torpemente sobre una manta gruesa, persiguiendo un sonajero de colores que Lia movía delante de él. Por unos minutos, la escena parecía normal: risas del bebé, la voz suave de su madre animándolo, el aroma a café recién hecho flotando desde la cocina.
Alejandro los observaba desde el umbral, con una taza en la mano y el peso del último mensaje aún quemándole en el pecho.