El atardecer en Punta Cana parecía burlarse de ellos. El cielo se tiñó de un naranja intenso, casi rojo, como si la misma naturaleza quisiera advertirles que algo grave estaba por suceder. Las olas rompían con fuerza contra la arena, pero dentro de la villa, el silencio era mucho más ruidoso.
Lia estaba sentada en el sofá blanco del salón principal, con las manos temblando sobre su regazo. Frente a ella, sobre la mesa de cristal, estaban los resultados de la prueba de ADN que habían hecho esa m