El sol dominicano entró por las ventanas abiertas como un abrazo cálido y familiar. Lia despertó con el sonido lejano de las olas y el aroma a café recién hecho que subía desde la cocina. Por un segundo se sintió desorientada: la habitación era la misma de su adolescencia, con las mismas cortinas blancas y el ventilador de techo girando perezosamente. Pero esta vez Mateo dormía a su lado, y Alejandro estaba abrazado a los dos, su brazo protector rodeándolos como un escudo.
Mateo fue el primero