La villa en Punta Cana era un mundo aparte. Rodeada de palmeras altas y una playa de arena blanca que parecía sacada de una postal, la propiedad se sentía como un refugio real por primera vez. Las paredes blancas, los techos altos con ventiladores de madera y las ventanas que daban directamente al mar turquesa creaban una calma que Lia no había sentido en meses. Los guardias de seguridad eran profesionales discretos, contratados directamente por Alejandro, sin lazos con ninguna familia. Nadie e