Habían pasado cuatro meses desde que Camila se fue a la universidad. El otoño llegó fuerte a la casa frente al mar, trayendo vientos más fríos y olas más altas. Las buganvilias perdieron sus flores y el jardín se tiñó de tonos ocres y marrones.
Lia pasaba más tiempo en su mecedora de la terraza, envuelta en una manta gruesa que Valentina le había tejido. Ya casi no caminaba hasta la playa. Sus piernas se lo impedían y la cadera le dolía más con el cambio de clima. Pero sus ojos seguían brilland