El tiempo en la casa frente al mar parecía correr a dos velocidades: demasiado rápido para Lia y demasiado lento para los que la miraban envejecer.
Habían pasado seis meses desde la sorpresa de Camila. Ya era primavera otra vez y las buganvilias habían vuelto a florecer con fuerza, como si quisieran recordarle a la familia que la vida insistía en renovarse.
Lia cumplió setenta y cuatro años en una celebración pequeña pero llena de amor. Ya no podía caminar hasta la playa sin ayuda. Mateo había