El amanecer en Milán llegó gris y pesado, con nubes bajas que cubrían la ciudad como un manto de incertidumbre. Dentro de la casa segura, el silencio era casi absoluto, roto solo por el suave ronroneo de la calefacción y los pequeños sonidos que hacía Mateo al despertar. Lia abrió los ojos primero, desorientada por un segundo al ver las paredes desconocidas. Luego recordó: ya no estaban en el lago. Estaban en Milán. Otra casa. Otra noche sobrevivida.
Mateo estaba despierto a su lado, pataleando