La lancha cortaba el agua negra del lago de Como con un ronroneo casi silencioso. El viento frío de la noche azotaba el rostro de Lia, pero ella apenas lo sentía. Tenía a Mateo envuelto contra su pecho como un escudo vivo, la manta térmica cubriéndolo casi por completo. El bebé dormía profundamente, arrullado por el suave balanceo y el calor familiar de su madre. Cada pocos minutos, Lia bajaba la mirada para comprobar que respiraba, que su carita seguía relajada, que sus manitas seguían cerrada