La mañana en la casa segura de Milán amaneció con una luz suave que se filtraba por las ventanas blindadas. Lia despertó primero, sintiendo el peso cálido de Mateo acurrucado contra su pecho. El bebé respiraba profundamente, con la boquita entreabierta y una mano diminuta agarrada a la camiseta de su madre. Por primera vez en muchas semanas, Lia no sintió el impulso inmediato de mirar por encima del hombro. Morales estaba detenido. Camila seguía en Francia. Por unas horas, el mundo parecía habe