Cuando Victoria despertó, se dio cuenta de que esa no era su casa, y no vio a Elsa ni a Mateo por ningún lado. Estaba dentro de una habitación muy pequeña y desconocida.
—¡Elsa! —Trató de llamarla.
Su diminuto corazón se aceleró, porque el miedo a no saber dónde estaba, la dominó. Casualmente, David escuchó su grito, y corrió hacia la habitación.
Abrió la puerta, dejando a Victoria aún más asustada. El hombre que le había hecho daño hace tiempo a su madre, estaba frente a ella. Se aferró a l