La Ofrenda del Zorro
El coche se detuvo con un suave chirrido de neumáticos sobre el gravín húmedo, un sonido que se perdió casi de inmediato en la densa niebla que abrazaba los muelles en la orilla norte del Támesis. Ariadna parpadeó, sintiendo el aliento frío de la noche londinense colarse por el respiradero de la ventanilla. El lugar que Kiam había escogido era, sin duda, un escenario sacado de las leyendas más oscuras de la ciudad.
Estaban frente a una fachada de piedra gris, casi negra, qu