El Nombre de la Angustia
La oscuridad en la que estaba confinado era tan espesa que casi se podía masticar, pero para Elías, un Alfa acostumbrado a ver en la penumbra más absoluta, era solo una capa más de su tormento. Estaba encadenado. No con metales terrestres, sino con grilletes forjados con una aleación oscura y fría que absorbía su energía mágica, anclándolo a una pared de piedra húmeda. El aire era pesado, con un sutil y peligroso olor a moho y a algo dulce y floral: Matalobos. El dolor