El Fuego de la Guardiana
El aullido de derrota de Alaric se había extinguido, dejando un vacío ensordecedor en la penumbra helada de la cripta. La muerte era un silencio denso, pesado, que se pegaba a la piel y a la piedra. Sobre el cadáver del traidor, el lobo plateado y maltrecho de Elías jadeaba, su pelaje empapado en sangre ajena y propia.
Ariadna, liberada de la mordaza, no pronunció la palabra que se había quedado atrapada en su garganta. No dijo "Te amo", ni preguntó "¿Estás bien?". En s