La Luz del Guardián
Elías no estaba en la cripta, ni en el mundo real. Estaba en el vacío. Un abismo negro y gélido, el mismo pozo de desesperación que había consumido a los caídos de su manada. El veneno y la Plaga no lo habían matado, sino que lo habían arrastrado a ese plano de terror absoluto.
A su alrededor, la oscuridad se materializó. Siluetas gigantescas, con garras de obsidiana y risas huecas, se alzaron. Eran los Demonios de su destino, personificaciones de la Maldición ancestral que