Mundo ficciónIniciar sesiónFarah sentía que el oxígeno se espesaba. Sus pupilas, dilatadas por el impacto, no podían apartarse de la figura que avanzaba hacia el estrado con una elegancia depredadora.
El hombre que la había sostenido contra la puerta de un ascensor, el que había susurrado su nombre entre las sábanas de seda, era ahora el dueño de su destino académico.
Farah bajó la cabeza de golpe, fingiendo una concentración febril en un cuaderno en blanco. Sus dedos apretaban los bordes del papel hasta que las yemas se pusieron blancas. A su alrededor, el aire vibraba con el chisme.
—¿Viste las noticias de esta mañana? —susurró una chica a su espalda—. Dicen que por fin lo atraparon. ¿Quién será la mujer de la foto?
—Seguro volvió Sweeney Fox —respondió otra, refiriéndose a la exnovia que lo dejó años atrás—. Ella es la única que tiene el nivel para estar con alguien como Grimaldi. Una estudiante jamás llegaría a su cama.
Farah cerró los ojos, sintiendo una punzada de náusea. Si supieran, pensó, mientras los recuerdos de la noche anterior la asaltaban sin tregua, el calor de la piel de Alaric, la forma en que sus manos grandes habían rodeado sus muñecas, y ese gemido bajo que él soltó cuando ella pronunció su nombre. El arrepentimiento era una marea ácida que subía por su garganta.
Alaric dejó su maletín sobre el estrado. El roce del cuero contra la mesa sonó autoritario. Recorrió el aula con una mirada lenta, gélida, que parecía desnudar las intenciones de cada alumno. Al llegar a las filas donde estaba Farah, su mirada se detuvo un milisegundo más de lo necesario. No hubo un saludo especial, ni una sonrisa. Solo una indiferencia profesional que a Farah le resultó más aterradora que un reclamo.
—Buenos días a todos —su voz, ese tono que aún resonaba en la memoria sensorial de Farah, llenó el anfiteatro—. Soy Alaric Grimaldi, profesor invitado de "Estrategias de Inversión de Alto Nivel".
Comenzó el pase de lista. Cada nombre que pronunciaba era una cuenta regresiva hacia el desastre. Cuando llegó a la "B", Alaric hizo una pausa deliberada. Sus ojos grises se clavaron directamente en los de ella, desafiándola a desviar la vista.
—Farah Bourne.
Ella levantó la barbilla, tratando de invocar la dignidad de su doctorado, aunque por dentro sus nervios eran un cable de alta tensión a punto de romperse.
—He leído el artículo que publicaste el año pasado sobre el flujo de capital y desarrollo regional —dijo él, apoyando las manos en el podio. Su postura era relajada, pero Farah notó cómo sus dedos se cerraban con fuerza sobre la madera—. El punto de vista es innovador, pero la muestra de datos es pobre. No es lo suficientemente completa para una académica de su... reputación. — El aula contuvo el aliento. Alaric continuó con una frialdad quirúrgica —Este semestre usará mi base de datos privada para procesarlos de nuevo. Quiero el primer borrador antes del próximo mes.
El murmullo estalló. Esa base de datos era el Santo Grial de las finanzas, información que ni siquiera el gobierno poseía por completo. Farah asintió mecánicamente, desconcertada. ¿Era un regalo o una cadena? ¿Una forma de ayudarla o una excusa para mantenerla bajo su control?
Farah, que no podía dejar de observarlo, notó algo extraño. A medida que la clase avanzaba y él tenía que acercarse a su fila para explicar una gráfica, Alaric se volvía más rígido.
Cuando sonó el timbre que anunciaba el final de la sesión, los estudiantes se abalanzaron hacia él con preguntas. Farah vio su oportunidad. Recogió sus cosas con una velocidad frenética, queriendo escapar antes de que él pudiera decir una palabra más.
Llegó a la puerta del aula, sintiendo el aire fresco del pasillo como una promesa de salvación. Estaba a un solo paso de la libertad, de fundirse con la multitud y fingir que las últimas doce horas no habían ocurrido, cuando la voz de Alaric restalló en el aire como un látigo de seda.
—Farah Bourne, deténgase. ¿A dónde cree que va?
El sonido de su nombre pronunciado por él, con esa misma inflexión profunda que había usado al oído apenas unas horas antes, la golpeó físicamente. Farah se quedó petrificada, con la mano temblando sobre el picaporte de metal.
No se giró. No podía.
En ese instante de parálisis, su mente se convirtió en una pantalla donde se proyectaba su propia perdición. Los recuerdos de la noche anterior la asaltaron con una nitidez dolorosa: el roce de la sábana de seda contra su piel, la fuerza de los brazos de Alaric rodeándola, y la forma en que ella misma se había aferrado a él, pidiéndole más. La vergüenza se convirtió en su segundo nombre en ese preciso segundo. Se sentía expuesta, como si el rastro de las manos de Alaric fuera visible sobre su blusa blanca a la vista de todos los estudiantes.
—Señorita Bourne, le he dado una instrucción —insistió la voz, ahora más cerca, cargada de una vibración peligrosa.
Farah cerró los ojos con fuerza. El arrepentimiento era una marea ácida. ¿Cómo podía mirarlo a la cara después de haber huido como una criminal de su ático? ¿Cómo podía pretender ser su alumna cuando todavía podía sentir el calor de su cuerpo en su memoria sensorial?
La tensión en el aula se volvió sospechosa; los murmullos de sus compañeros se detuvieron, esperando la reacción de la alumna estrella. Farah sintió que las paredes se cerraban sobre ella. El peso de la mirada de Alaric en su espalda era una presión física, una que le recordaba que él no era solo su profesor, sino el hombre que la había visto romperse y reconstruirse en la oscuridad.
Presa de un pánico ciego y de una humillación que no cabía en su pecho, Farah hizo lo único que su instinto le permitió. Ignorando la orden directa del hombre más poderoso de la ciudad, empujó la puerta con desesperación.







