Capítulo 6: Frente a frente

La adrenalina del escape todavía le quemaba los pulmones cuando cruzó el umbral del edificio de la facultad. Farah sentía que si se detenía un segundo, la mirada de Alaric la alcanzaría y la consumiría allí mismo. Pero el destino, cruel y juguetón, le tenía preparada una emboscada antes de llegar a la calle.

Farah salió disparada por la puerta principal, con los nervios tan desquiciados que el mundo era un borrón de colores. No miró por dónde iba y, con un impacto seco, chocó de frente contra una mujer.

—Lo siento —balbuceó, levantando la cabeza para disculparse. Las palabras se le quedaron atoradas en la garganta como espinas.

Frente a ella estaba Ana Beltrán. Llevaba un vestido de seda que costaba lo que Farah ganaba en tres meses y una expresión de superioridad grabada en el rostro. A su lado, Elian sostenía el bolso de marca de Ana con una actitud servil que a Farah le provocó una punzada de náusea.

Ana recorrió a Farah con la mirada, deteniéndose en su ropa sencilla y en su rostro aún algo pálido por la resaca y el llanto. Soltó una risa fría que atrajo la atención de los estudiantes que pasaban.

—Oye, ¿es que no tienes ojos para andar? —escupió Ana con desprecio—. Es lógico. Estás tan acostumbrada a la miseria que, aunque logres entrar en una universidad buena, no puedes cambiar tu esencia de clase baja. — Elian desvió la mirada, evitando los ojos de Farah. Tiró suavemente de la manga de Ana, como un perro asustado. 

—Déjalo, Ana... vámonos.

— ¿Que? — solto Ana — ¿Es que te da pena?

Farah sintió que la sangre le hervía, pero no fue el insulto de Ana lo que más le dolió, sino la imagen de Elian. Lo miró fijamente y, por primera vez en diez años, lo vio sin el filtro del amor. Vio a un hombre que no solo era un traidor, sino un cobarde que ni siquiera podía sostenerle la mirada mientras su nueva dueña la insultaba.

—¿Ni siquiera vas a decir nada, Elian? —preguntó Farah con una voz que cortaba como el cristal—. ¿Tantos años a mi lado y te has convertido en esto? En un accesorio que carga bolsos.

—Farah, no hagas una escena —murmuró Elian, rojo de la vergüenza—. Ana sólo está diciendo la verdad sobre tu situación económica. Yo intenté ayudarte, pero siempre fuiste demasiado orgullosa con tus estudios y tus libros.

—¿Ayudarme? —Farah soltó una carcajada seca, llena de veneno—. Tú no me ayudaste. Tú te alimentaste de mi esfuerzo. Yo escribí tus ensayos, yo gestioné los préstamos de tu padre, yo renuncié a mi beca en el extranjero porque tú me necesitabas.

Se acercó un paso más, ignorando el gesto de asco de Ana.

—Lo que me duele no es que me dejes, Elian. Lo que me duele es darme cuenta de lo poco hombre que eres. No tienes espina dorsal. Ayer me dejaste por mensaje después de diez años porque no tuviste el valor de decírmelo a la cara en la cena de compromiso. Eres tan pequeño que necesitas el dinero de Ana para sentirte alguien.

—¡Basta! —gritó Elian, finalmente explotando—. ¡Al menos ella no me hace sentir como un inútil con su intelecto! Ella sabe cuál es su lugar. Tú siempre te creíste superior por ese maldito doctorado.

—No me creía superior, Elian. Lo soy —sentenció Farah con una calma gélida—. La diferencia es que yo construyo mi futuro con la cabeza, y tú lo haces vendiendo tu dignidad por un apartamento que, por cierto, pagué yo.

Los murmullos de los estudiantes a su alrededor empezaron a crecer. Farah miró a Ana, quien parecía disfrutar de la humillación de Elian tanto como de la de Farah.

—La señorita Ana tiene mucha razón —dijo Farah, alzando la voz—. Soy pobre. Pero mucho más pobre es la gente que disfruta recogiendo las sobras de otros y, además, las presume como si fueran un tesoro. Disfrútalo, Ana. Te llevas a un hombre que solo sabe obedecer y quebrar negocios.

Miró de reojo a Elian una última vez.

—Acuérdate de pedirle dinero a tu nueva dueña, porque todavía no me has devuelto el pago inicial de ese apartamento. Y créeme, cobraré hasta el último centavo por la vía legal. No te dejaré ni el recuerdo de mi generosidad.

Dicho esto, se dio la vuelta. Con el corazón martilleando pero la espalda recta, se alejó con paso firme. Los gritos e insultos de Ana quedaron atrás, pero Farah sentía que cada paso pesaba una tonelada.

Solo cuando estuvo sola, la armadura se desmoronó. Aminoró el paso, sintiendo que las piernas le fallaban. En su prisa por alejarse de la toxicidad de su pasado, tropezó con una piedra en la acera y se torció el tobillo. El dolor físico fue el detonante final. Se apoyó contra la pared de ladrillos de un callejón lateral y se dejó caer hasta quedar en cuclillas.

Las lágrimas fluyeron sin control. Se odiaba. Se sentía miserable. Había ganado el enfrentamiento, les había cerrado la boca, ¿entonces por qué sentía que se estaba ahogando?

No lloraba por haber perdido a ese canalla; lloraba por la humillación de haberle entregado su juventud a alguien que no valía ni el aire que respiraba.

Enterró la cara entre sus rodillas, con los hombros temblando por los sollozos, deseando ser invisible.

Entonces, el sonido de un motor potente y refinado rompió el silencio del callejón. Un Maybach negro, brillante como el ébano, se detuvo sin hacer ruido justo a su lado.

Farah no levantó la cabeza, hasta que escuchó el zumbido eléctrico de la ventanilla bajando. El aroma a tabaco caro y madera inundó el aire, un perfume que se sentía como un reclamo.

Alaric estaba allí. Su perfil, de rasgos duros y tallados, se recortaba contra el interior lujoso del coche. No la miró con lástima, ni con consuelos baratos. Mantenía la vista al frente, con una mano apoyada en el volante de cuero.

—Sube —ordenó.

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