Mundo ficciónIniciar sesiónEl aire en el pequeño apartamento alquilado de Farah se sentía viciado, cargado con el olor rancio del arrepentimiento. Cada vez que cerraba los ojos, el mundo giraba y le devolvía rafagaz de la noche anterior: el tacto de las sábanas de seda, la firmeza del agarre de Alaric y, sobre todo, la forma en que ella se había entregado, buscando desesperadamente un refugio que no le pertenecía.
El sonido estridente de su teléfono la hizo saltar. Era Elina.
—Farah, dime que no eres tú —soltó su amiga sin siquiera saludar—. Abre el portal de noticias de la ciudad. Ahora.
Farah obedeció con dedos temblorosos. Al cargar la página, el corazón se le subió a la garganta. Ahí estaba una foto granulada pero inconfundible de ella saliendo del bar, aferrada al brazo de Alaric. Aunque su rostro estaba estratégicamente difuminado, reconoció su propio vestido, la forma en que su cabello caía desordenado sobre sus hombros y la vulnerabilidad de su postura.
—No... no sé de qué hablas, Elina —mintió Farah, con la voz quebrada—. Yo... ayer tuve una cena familiar desastrosa. Me fui a dormir temprano.
—Farah, te conozco desde los cinco años. Ese vestido te lo ayudé a elegir yo. Y esa forma de caminar cuando estás triste... —Elina hizo una pausa, bajando el tono—. Si es cierto, ten cuidado. Los comentarios en los foros son una carnicería. Dicen que es una caza-fortunas, una trepadora que aprovechó la vulnerabilidad de un hombre como Alaric para escalar socialmente.
Farah colgó tras balbucear una excusa barata. Se dejó caer contra la puerta, sintiendo una indignación que le quemaba el pecho. ¿Ella, una trepadora? Ella, que había sacrificado su carrera por un cobarde como Elian; ella, que trabajaba dieciséis horas al día como asistente para pagar deudas ajenas.
La rabia y la vergüenza se mezclaron en un nudo asfixiante. Si su identidad se filtraba, su doctorado en Economía, lo único que realmente le quedaba, se haría pedazos. Sus padres no soportarían otro escándalo.
Se obligó a levantarse. Se duchó con agua casi hirviendo, intentando borrar el rastro de Alaric de su piel, pero su mente la traicionaba. Recordaba la calidez de su aliento, la forma en que él la había mirado antes de besarla... con una intensidad que la hacía sentir vista, no como una esperanza económica, sino como una mujer.
— Basta, Farah. Fue un error de una noche. Él es un tiburón financiero y tú eres una estudiante al borde del abismo. Olvídalo —, se reprendió frente al espejo.
Se vistió con su conjunto más profesional: una blusa blanca impecable y una falda lápiz gris. Recogió su cabello en un moño tirante, ocultando cualquier rastro de la mujer vulnerable de la noche anterior.
Hoy era un día crucial.
Tenía la asignatura principal del doctorado Estrategias de Inversión de Alto Nivel. Era una clase magistral impartida por un invitado especial.
Caminó hacia la universidad bajo un sol que se sentía demasiado brillante para su resaca. Al entrar al campus, sintió que todos la miraban, aunque sabía que era solo su paranoia. Llegó al aula magna, un anfiteatro imponente donde el murmullo de cientos de estudiantes creaba un zumbido ensordecedor.
Elina le hizo señas desde la tercera fila. Farah se sentó a su lado, intentando controlar el temblor de sus manos al abrir su computadora portátil.
—¿Estás bien? Estás pálida —susurró Elina, escudriñándola.
—Solo es el estrés de la clase, Elina. Dicen que este profesor invitado es un tirano con las calificaciones.
De repente, el murmullo del aula se detuvo en seco. Se hizo un silencio tan profundo que Farah pudo escuchar el segundero de su propio reloj. La puerta lateral se abrió y un hombre entró con paso firme, dejando una estela de autoridad que congeló el aire.
Farah sintió que el mundo se desvanecía.
—¿Cómo es posible que sea él? —exclamó Elina en un susurro lleno de asombro—. Alaric Grimaldi... el CEO de la firma XX. El hombre del escándalo de esta mañana. Es nuestro profesor invitado.
Farah se quedó petrificada.
Alaric estaba ahí, ajustando el micrófono con una calma imponente. Sus ojos grises recorrieron el aula hasta que se detuvieron en ella. No parecía sorprendido; la miraba con una fijeza pesada, casi posesiva.
Mientras ella deseaba que el suelo se la tragara, Alaric se movía por el estrado con absoluta confianza. Estaba atrapada. El hombre con el que había pasado la noche era ahora el dueño de su calificación y de su futuro académico.







