Mundo ficciónIniciar sesiónLos tres días previos a la mudanza fueron un borrón de cajas de cartón y despedidas silenciosas de su antigua vida. Al cerrar la puerta de su apartamento de alquiler, Farah sintió que no solo dejaba atrás cuatro paredes, sino a la versión de sí misma que se conformaba con las migajas de atención de Elian.
El calendario enviado por el asistente de Alaric era una hoja de ruta hacia lo desconocido. Las palabras su prometida brillaban en la pantalla de su teléfono con una intensidad perturbadora. No era solo un título; era una armadura de oro que pesaba más de lo que imaginaba.
La noche del banquete, el aire en la mansión de los Grimaldi estaba cargado de un aroma a gardenias y poder antiguo. Farah se miró en el espejo del coche antes de bajar. El vestido de terciopelo verde oscuro que Alaric había seleccionado abrazaba sus curvas con una elegancia casi arquitectónica, resaltando la palidez de su piel y el brillo decidido de sus ojos.
—Es demasiado valioso —murmuró ella, sus dedos rozando el collar de perlas que había pertenecido a su madre y que Alaric había insistido en que usara junto con una pieza de la colección privada de los Grimaldi—. Siento que, si me muevo demasiado rápido, algo se romperá.
Alaric, sentado a su lado en la penumbra del vehículo, estiró la mano y le sujetó la muñeca con firmeza. Sus dedos estaban fríos, pero su contacto envió una descarga de calor directo al pecho de Farah.
—Póntelo —ordenó él, su voz vibrando en el espacio reducido—. No estás aquí para pasar desapercibida, Farah. Estás aquí para que nadie se atreva a cuestionar por qué estás a mi lado.
Mantuvo su mano sobre el dorso de la de ella durante tres segundos exactos. Fue un gesto breve, pero cargado de una posesividad silenciosa que dejó a Farah sin aliento antes de que él retirara el contacto y abriera la puerta.
Al entrar en el gran salón, Farah se sintió el centro de un sistema solar desconocido. Vittoria Grimaldi, la matriarca, la recibió con una sonrisa que suavizaba la agudeza de sus ojos.
—Eres mucho más bonita que en la pantalla, pequeña —dijo la abuela, apretando la mano de Farah con una fuerza sorprendente para su fragilidad—. Tienes ojos de alguien que sabe lo que es luchar. Me gusta eso.
—Gracias, abuela —respondió Farah con una dulzura genuina, sintiendo por primera vez que este trato tenía un propósito humano más allá de los datos y el dinero.
Sin embargo, la paz duró poco. Mientras Alaric era arrastrado por un grupo de inversores, Farah se retiró a un rincón cerca del ventanal para recuperar el aliento. Fue entonces cuando el aire se volvió pesado.
De pronto una risa aguda, casi molesta se escucho y Farah pudo divisar a Ana y Elian, quienes estaban allí como representantes de la empresa de la familia Beltran, era bien sabido que Beltran y asociados, era un socio mas del Grupo Grimaldi.
Ana, luciendo un vestido rojo estridente que gritaba desesperación por atención, se acercó con una sonrisa llena de veneno. Elian la seguía medio paso atrás, con la mirada de alguien que sabe que ha perdido la partida, pero se niega a aceptarlo.
—Vaya, qué rápido aprendemos a disfrazarnos de cisne —soltó Ana, recorriendo el terciopelo de Farah con desprecio—. Pero no te engañes, querida. En esta familia todos saben que Alaric no elige por amor, sino por utilidad. Eres solo un sustituto. Una cara familiar para llenar un vacío. — Farah sintió que el suelo se movía.
—No sé de qué estás hablando, Ana. — trato de zafarse.
—Oh, ¿no te lo dijo? —Ana se inclinó, bajando la voz hasta convertirla en un susurro sibilino—. Solo te pareces un poco a la exnovia de Alaric, la que realmente amó. Te ha contratado para no ver el espacio vacío en su cama. No creas que sales ganando; las imitaciones siempre terminan en el desván.
Farah guardó silencio, sintiendo una punzada de dolor en un lugar que no debería doler. ¿Era eso? ¿Una simple coincidencia física? Miró a Elian, esperando encontrar una pizca de remordimiento, pero él solo asintió con una cobardía que le revolvió el estómago.
Alaric, que se había acercado sin ser notado, escuchó las últimas palabras. Su expresión no cambió; seguía siendo la máscara de hielo perfecta. Solo Farah, que estaba lo suficientemente cerca, notó que su mano se detuvo un milisegundo al sostener la copa de vino, y sus nudillos se tensaron hasta ponerse blancos.
Sin decir una palabra a los intrusos, Alaric dejó la copa en una mesa cercana y tomó la mano de Farah. No fue un toque gentil, sino un agarre firme, protector y cargado de una autoridad que hizo que Ana retrocediera un paso.
—Vamos —dijo él.
La llevó directamente hacia el escenario donde la orquesta acababa de hacer una pausa. El silencio cayó sobre el salón como un pesado telón. Alaric se paró frente al micrófono, pero su mirada no estaba en la multitud, sino en los ojos empañados de Farah.
—Buenas noches a todos —comenzó Alaric, su voz resonando con una potencia que hizo que Elian bajara la cabeza por puro instinto—. Hoy celebramos los setenta años de mi abuela, la mujer que me enseñó que el valor de una persona no se mide por su apellido, sino por su integridad.
Hizo una pausa, rodeando la cintura de Farah con su brazo y atrayéndola hacia su cuerpo en un gesto de posesividad absoluta. Farah pudo sentir el calor que emanaba de él, la fuerza de su hombro contra el suyo.
—Por eso, quiero aprovechar este momento para presentarles formalmente a la mujer que ha decidido compartir su vida conmigo. Farah Bourne no es solo mi acompañante; es mi prometida. Y cualquier falta de respeto hacia ella, a partir de este momento, será considerada una declaración de guerra personal contra mí y contra el Grupo Grimaldi.
Un murmullo de asombro recorrió la sala. Ana se puso pálida, dándose cuenta de que acababa de insultar a la futura dueña de un imperio. Elian parecía un niño pequeño perdido en un mundo de gigantes.
Alaric bajó el micrófono y se inclinó hacia el oído de Farah, ignorando a los cientos de personas que los observaban.
—No escuches a las serpientes —susurró, y por primera vez, su voz no era técnica ni fría, sino cargada de una protección feroz—. No eres el sustituto de nadie. Eres la mujer que yo elegí.
Farah levantó la vista y encontró en los ojos grises de Alaric una tormenta de sentimientos contradictorios. La sensibilidad la invadió; se sintió protegida, valorada y, por un instante, olvidó que todo esto era un simple contrato.







