Mundo ficciónIniciar sesiónFarah salió del edificio de Grimaldi Investments sintiéndose extrañamente vacía. No sabía por qué se sentía triste; después de todo, Alaric solo había confirmado lo que ella ya sabía, el mundo se movía por intereses. Pero escuchar de su boca que ella era simplemente la opción más adecuada le había dejado un peso en el pecho que no lograba quitarse.
Atravesó el estacionamiento directamente para ver a Elina, pero al entrar en el ascensor para bajar al nivel inferior, se encontró de frente con Ronan Meyers.
Él la miró y mostró un destello de sorpresa en sus ojos claros. Ronan, que siempre tenía una respuesta cínica para todo, guardó silencio un segundo mientras la observaba. Farah tenía los ojos ligeramente brillantes y la barbilla en alto, una mezcla de vulnerabilidad y orgullo que lo dejó descolocado.
Alaric Grimaldi se creía dueño del mundo, y peor aún, creía que podía comprar su orgullo como si fuera una acción de riesgo.
De vuelta en la universidad, la oficina de doctorado se sentía como una jaula. Farah intentaba concentrarse en las hojas de cálculo que el profesor titular le había encomendado, pero los números bailaban ante sus ojos. Su mente regresaba, una y otra vez, al contrato arrugado sobre el escritorio de obsidiana.
De pronto, su teléfono vibró sobre la mesa. Una notificación bancaria iluminó la pantalla. Al leer el concepto del ingreso, Farah sintió un pinchazo de acidez, Indemnización por ruptura. Era el dinero de Elian. El pago inicial del apartamento que ella había financiado con sus ahorros y sacrificios.
—Al menos —murmuró para sí misma, con una sonrisa amarga—, no he perdido el dinero y la dignidad al mismo tiempo. He recuperado mi capital, aunque el tiempo invertido en ese miserable sea una pérdida total.
Sin embargo, la paz duró poco. Al día siguiente, la llamada de Elina la despertó con un tono de pánico.
—Farah, mira las tendencias ahora mismo. La foto del bar... alguien la ha limpiado. — Farah sintió que el mundo se inclinaba.
La imagen, que antes era un borrón, ahora mostraba rasgos inconfundibles. Los foros de chismes ya habían unido los puntos, una doctoranda de la Universidad Autónoma. Sus redes sociales, hasta entonces privadas y tranquilas, estaban siendo inundadas por miles de seguidoras de Alaric. Los mensajes variaban entre la curiosidad malsana y el odio puro.
—Van a descubrirlo todo —susurró Farah, sintiendo el sudor frío en su nuca—. Mis padres, mis profesores... mi carrera se va a hundir antes de empezar.
Mientras caminaba por el campus, Farah sentía las miradas clavadas en su espalda como alfileres. Los susurros la seguían. Y entonces, como si el día no pudiera ser más oscuro, Elian apareció frente a ella, bloqueándole el paso cerca de la biblioteca.
Su rostro estaba desencajado, pero no por vergüenza, sino por una indignación ridícula.
—¿Así que es verdad? —escupió Elian, cruzándose de brazos—. ¿Desde cuándo, Farah? ¿Desde hace meses? ¿Me estabas engañando con Grimaldi mientras yo intentaba que nuestro compromiso funcionara?
Farah se detuvo en seco. Por un momento, pensó que había escuchado mal. Pero al ver la chispa de celos absurdos en los ojos de Elian, una carcajada seca y llena de incredulidad escapó de sus labios.
—¿Infidelidad? —preguntó ella, dando un paso hacia él hasta que Elian tuvo que retroceder—. ¿Realmente tienes el descaro de usar esa palabra conmigo, Elian? Tú, que tenías a Ana Beltrán metida en tu cama mientras yo pagaba tus deudas.
—No es lo mismo —balbuceó él—. Lo mío fue... una salida necesaria. Pero tú, te metiste con el hombre más rico del país. Por eso estabas tan altanera el otro día. ¡Me has sido infiel con mi propio ídolo financiero!
—No proyectes tu bajeza en mí —dijo Farah, con una voz tan gélida que el aire pareció congelarse—. Lo que yo haga con mi vida ahora que no eres más que un mal recuerdo, no es de tu incumbencia. Pero te diré algo, incluso si hubiera pasado cada noche de esta década engañándote, no le llegaría ni a la suela de los zapatos a tu traición. Ahora, quítate de mi camino antes de que llame a seguridad para que retiren la basura del campus.
Elian se quedó lívido, humillado por la seguridad que ella emanaba. Se separaron sin una palabra más, pero la rabia impulsó a Farah hacia el único lugar donde podía exigir respuestas.
Farah irrumpió en la empresa de Alaric sin llamar. La secretaria intentó detenerla, pero ella la ignoró, entrando en la oficina como una tormenta.
—¿Fue una trampa? —le gritó a Alaric en cuanto lo vio—. ¿Tú filtraste esa foto para obligarme a firmar tu maldito contrato?
Alaric levantó la vista, pero no había burla en sus ojos. Parecía agotado, una faceta que Farah nunca había visto.
—No fui yo, Farah —respondió él, dejando caer un informe sobre la mesa—. Mis hombres acaban de encontrar al responsable. Un competidor contrató a un detective privado para seguirme. Querían escándalo, y te usaron a ti como daño colateral. Lamento mucho que por mi culpa tu vida se haya vuelto este caos.
Farah se quedó sin palabras. Ver a Alaric Grimaldi, el hombre que parecía controlar cada átomo del mercado, admitiendo que él también era una presa, la desarmó. Bajo esa fachada deslumbrante, él vivía en una guerra constante.
En ese momento, el teléfono de Alaric vibró. Su actitud cambió drásticamente. Sus hombros se tensaron y su mirada se suavizó con una nota de preocupación genuina. Contestó la videollamada y, por un instante, la oficina de cristal desapareció.
—Doña Vittoria —dijo Alaric, con una voz que Farah no reconoció. Era cálida, casi devota.
Al otro lado, una mujer mayor, de rostro frágil y mirada inteligente, sonreía desde una silla de ruedas.
—¿Es verdad, Alaric? —preguntó la anciana con voz débil pero esperanzada—. ¿La chica de las noticias... es realmente tu novia? ¿Por fin has dejado de lado esos fríos números para buscar a alguien? ¿Cuándo me la traerás?
Alaric dudó. Sus ojos buscaron a Farah en la habitación, una súplica silenciosa cargada de una tensión eléctrica. Sin decir una palabra, él giró el teléfono hacia ella. Farah, atrapada por la vulnerabilidad de la anciana, no pudo evitarlo. Se acercó y forzó una sonrisa dulce.
—Hola, señora Grimaldi. Mucho gusto —dijo Farah, forzando una sonrisa amable.
La abuela de Alaric pareció iluminarse al verla. No solo le gustó su belleza, sino la calma y el respeto que Farah transmitía a través de la pantalla. La anciana, cansada de ver a modelos interesadas detrás de su nieto, sintió que Farah tenía una luz diferente, una imagen agradable y honesta que la dejó tranquila de inmediato.
Intercambiaron unas pocas palabras corteses y, al ver la dulzura con la que Farah la trataba, la abuela colgó con una sonrisa de satisfacción que no había tenido en meses.
Al terminar la llamada, la calidez de Alaric desapareció y volvió su máscara de hierro. Sin embargo, por dentro, algo se había movido. Al ver cómo Farah había manejado la situación con tanta naturalidad y elegancia, Alaric sintió por primera vez que había elegido a la persona correcta. No era solo una herramienta útil; era alguien que encajaba perfectamente en su mundo, quizás demasiado bien.
Sus ojos se quedaron fijos en ella con una intensidad perturbadora. El silencio en la oficina se volvió pesado, cargado de una tensión que ninguno de los dos se atrevía a romper.
—El médico dice que le quedan menos de seis meses —explicó él, rodeando el escritorio hasta quedar a centímetros de ella. El aroma a madera y poder la envolvió, y Farah sintió que el vello de sus brazos se erizaba—. No tengo interés en formar una familia, pero no puedo dejar que se vaya pensando que estaré solo. Si te sientes ofendida, lo siento, la noticia ya fue rastreada y será bajada en menos de una hora, es lo que tengo como solución.
Él se acercó un poco más, su aliento rozando la frente de Farah.
Farah lo miró a los ojos. Podía ver la tormenta de fuego que él intentaba ocultar tras su lógica financiera. Ser una novia falsa por un año... Obtener los datos. Ver la cara de Elian y Ana cuando la vieran del brazo del hombre al que ellos solo podían aspirar a mirar desde lejos. Y luego, la libertad absoluta.
—¿Distancia en privado? —preguntó ella, con la voz un poco quebrada por la cercanía de él.
Alaric bajó la vista hacia los labios de Farah, y por un segundo, la promesa de distancia pareció la mentira más grande de todas.
—La que tú decidas —respondió él, aunque su mano rozó brevemente su cintura, enviando una descarga eléctrica por todo su cuerpo.
Farah respiró hondo. El orgullo ya no era suficiente para protegerla, pero este trato... este trato era su venganza y su futuro.
—Trato hecho —dijo finalmente.
Alaric sonrió.







