Mundo ficciónIniciar sesiónPasó una semana. Siete días en los que Farah revisó su tesis mil veces, pero siempre llegaba a la misma conclusión, necesitaba los datos privados de Alaric para que su trabajo fuera perfecto.
Sin embargo, había un problema. Farah recordó que, con las prisas y los nervios de la última vez, no había logrado dejar ninguna forma de contacto con él. Si quería obtener esos datos, tendría que volver a buscarlo por su cuenta.
Cuanto más lo pensaba Farah, más extraño le parecía todo. ¿Por qué un hombre tan meticuloso como Alaric no le había pedido su número? ¿Lo habría hecho a propósito para obligarla a ir a su empresa? La duda la carcomía, pero el orgullo ya no era una opción si quería graduarse.
Finalmente, decidió ir a buscarlo. Su amiga la llevó a la sede de Grimaldi Investments.
Elina conducía su pequeño coche con la misma energía caótica con la que hablaba. Mientras Farah intentaba calmar sus nervios, Elina divisó un espacio libre cerca de la entrada. Pero justo cuando iba a maniobrar, un deportivo plateado rugió y se metió de punta, ocupando el lugar con una precisión insultante.
Elina clavó los frenos y bajó la ventanilla de golpe.
—¡Oye, idiota! ¡Ese sitio era mío! —gritó, golpeando la puerta del coche.
Del deportivo bajó un hombre alto, de cabello rubio perfectamente peinado y un traje que gritaba dinero. Era Ronan Meyers, la mano derecha de Alaric. Miró el coche de Elina con una mezcla de lástima y diversión.
—Lo siento, dulzura —dijo Ronan, ajustándose los gemelos de la camisa sin siquiera mirarla a los ojos—. En este edificio, el que llega primero se queda con el activo. Es la primera regla del capitalismo. — Elina bajó del coche, echando chispas.
—¡Me importa un bledo tu capitalismo! Estaba señalizando. Muévelo ahora mismo o te juro que… — Ronan finalmente la miró y se quedó callado un segundo. No esperaba que la chica del coche viejo tuviera unos ojos tan fieros ni una actitud tan audaz. Esbozó una sonrisa arrogante.
—¿O qué? ¿Vas a chocar mi coche con ese juguete que conduces? No creo que tu seguro cubra ni el espejo de este auto.
—¿Quieres probar? —Elina se le acercó tanto que Ronan pudo oler su perfume frutal, que contrastaba con el ambiente frío del distrito financiero. — Farah tuvo que bajar del coche para intervenir, sintiendo que la situación se salía de control.
—¡Elina, basta! Tenemos prisa. — Ronan miró a Farah y luego a Elina. Soltó una risa ligera, sacó una tarjeta de su bolsillo y se la tendió a Elina con un gesto elegante.
—Si logras que no te saquen de aquí con una grúa, llámame. Me gustaría ver si gritas igual de fuerte en una cena.
—¡Ni en tus sueños! —le gritó Elina, arrebatándole la tarjeta solo para apretarla en su puño.
Ronan se alejó caminando hacia el ascensor privado con una seguridad que sacó de quicio a Elina.
—Ese tipo es un imbécil, Farah —gruñó ella mientras buscaba otro lugar—. Un imbécil muy guapo, pero un imbécil al fin y al cabo.
Farah solo pudo suspirar. No sabía que ese choque en el estacionamiento era solo el primer round de una pelea que duraría mucho tiempo.
La opulencia del edificio era intimidante. El mármol, el cristal y el silencio absoluto hablaban de un poder que Farah solo conocía en teoría.
La secretaria de Alaric la miró con una ceja levantada.
—¿Tiene cita, señorita Bourne? El señor Grimaldi está muy ocupado.
—No tengo cita, pero dígale que se trata de los datos de la asignatura de doctorado. Él sabe quién soy. — Tras una llamada tensa, la secretaria asintió, visiblemente sorprendida.
—Puede pasar. El señor Grimaldi la espera.
Farah caminó por el pasillo con la espalda recta, tratando de ignorar el eco de sus propios pasos sobre el mármol. Al entrar, la oficina la recibió con una inmensidad que cortaba la respiración; los ventanales dominaban toda la ciudad, haciendo que todo lo demás pareciera pequeño.
Alaric estaba sentado tras su imponente escritorio de obsidiana, concentrado en unos informes. No levantó la vista de inmediato, manteniendo un silencio que pesaba en la habitación. Al verlo así, tan calmado y en control, Farah sintió que su pensamiento se confirmaba: Alaric estaba esperando a que ella fuera a buscarlo. Él sabía perfectamente que ella no tendría otra opción, y esa espera calculada la hizo sentir como una pieza que finalmente caía en su tablero.
—Has tardado siete días en venir, Farah —dijo él, su voz resonando en el espacio—. En el mundo de las finanzas, una semana de retraso puede significar la quiebra. Pensé que tu doctorado era tu prioridad absoluta.
—Lo es —respondió ella, acercándose al escritorio—. Por eso estoy aquí. Necesito el acceso a los datos de inversión de la última década. Sé lo que valen.
Alaric dejó los informes a un lado y se puso de pie. Caminó hacia ella, con una lentitud que Farah encontró insoportable. Se detuvo a centímetros de ella, invadiendo su espacio personal con una naturalidad que la hacía temblar.
—Todo tiene un valor, Farah. Y todo tiene un precio —dijo él, su voz bajando a un tono casi íntimo—. Estoy dispuesto a autorizar el acceso total a mis servidores privados. Te daré los fondos para tu investigación y me aseguraré de que tu publicación sea la más citada en la historia de la universidad.
Farah entreabrió los labios, a punto de agradecerle, cuando él continuó.
—Pero necesito algo de ti. Algo que no tiene nada que ver con la economía, pero sí con la imagen.
Alaric deslizó un documento elegante sobre el escritorio. Farah lo tomó, y el título en la parte superior la hizo palidecer:
"Acuerdo de Novia por Contrato".Farah leyó las cláusulas con el corazón acelerado. Un año de relación falsa. Asistir a cenas y eventos familiares. Distancia total en privado. El contrato incluía una "tarifa de mantenimiento de imagen" mensual y una suma inicial que borraría todas las deudas de su padre. Al final, un anexo confirmaba su acceso total a la base de datos de Alaric.
—¿Qué significa esto? —preguntó Farah. Su voz sonaba más tranquila de lo que esperaba, pero por dentro estaba temblando.
Alaric se recostó en su sillón de cuero y juntó las puntas de los dedos. La miraba como si estuviera analizando un informe de ventas. En sus ojos grises no había ni rastro del hombre que la había sostenido en el bar; solo había una profesionalidad que asfixiaba.
—Farah, soy un hombre de negocios. Cada decisión que tomo se basa en un análisis de costo-beneficio —dijo con un tono plano—. La situación es simple: mi junta directiva necesita estabilidad, mis competidores buscan cualquier debilidad en mi vida privada y mi abuela… ella no tiene tiempo para esperar a que yo me enamore de alguien.
Se inclinó un poco hacia adelante, señalando el papel.
—Tú también tienes necesidades. Necesitas mis datos para tu doctorado, necesitas mi nombre para protegerte de quienes te humillan y necesitas dinero para que tu padre pueda dormir tranquilo. Esto no es caridad, Farah. Es un intercambio. Tú mejor que nadie sabes que la relación más justa es una transacción donde ambos ganan.
Farah lo miró fijamente. Sintió que algo se rompía dentro de su pecho, muy despacio.
—Entonces… ¿me eliges porque soy útil?
—Te elijo porque eres la más adecuada —la voz de Alaric fue firme—. Tienes prestigio, una buena imagen y ya nos han vinculado en un rumor. Cambiar de persona ahora solo confirmaría que todo es un montaje. Además, eres inteligente y tienes principios. Esas son ventajas objetivas. No tiene nada de malo reconocerlo.
—Nada de malo —repitió ella, y sintió que la voz empezaba a fallarle—. Alaric, ¿te escuchas? Me estás poniendo un precio. Me evalúas como si fuera una empresa en quiebra, miras mis activos, mis deudas y mi riesgo. Y crees que me has hecho una oferta justa.
Empujó el contrato hacia él con los nudillos blancos de tanto apretar.
—Dime una cosa. Si fuera otra persona, con mis mismas notas, la misma imagen y la misma necesidad de datos… ¿le darías a ella este mismo contrato?
Alaric no respondió rápido. Frunció el ceño, como si estuviera resolviendo un problema difícil en su cabeza.
—…Sí —dijo finalmente, con la voz un poco más baja—. Si cumpliera con los mismos requisitos, sí.
Farah soltó una risa suave, pero tan amarga que dolió. Se puso de pie y, al hacerlo, se golpeó la rodilla contra la mesa. El dolor físico no fue nada comparado con lo que sentía. Pensó en Elian. Él también la había elegido porque era "adecuada": porque le hacía las tareas, porque aguantaba a sus padres, porque era conveniente.
—Todos somos herramientas para ti, ¿verdad? —dijo ella, caminando hacia la puerta—. Elian me eligió por lo mismo, hasta que encontró a alguien más conveniente y me cambió.
Se detuvo antes de salir y lo miró por última vez.
—Dijiste que no debo culparme por las decisiones de otros. Pero dime, ¿en qué te diferencias tú de Elian? Los dos creen que merezco ser elegida solo porque tengo algo que ustedes quieren usar. Ninguno de los dos ha querido estar de mi lado de verdad.
Farah salió de la oficina sin esperar respuesta. Alaric se quedó en silencio, mirando la puerta cerrada. Por primera vez en su vida, sintió que su análisis de costo-beneficio le había devuelto un resultado que no sabía cómo manejar.







