Mundo ficciónIniciar sesiónEl Maybach negro se deslizaba por las calles de la ciudad como una sombra silenciosa. En el interior, el lujo era asfixiante por su perfección.
El aroma a cuero fresco y a ese perfume amaderado de Alaric llenaba el espacio, creando una burbuja que aislaba a Farah del desastre que acababa de protagonizar en la acera.
Farah se hundió en el asiento del copiloto, sintiendo cómo el calor de la calefacción empezaba a combatir el temblor de sus manos, aunque el frío que sentía en el pecho era más difícil de erradicar. Miró por la ventana, viendo pasar las luces borrosas de la ciudad, sintiéndose pequeña y expuesta.
Alaric no decía nada. Su perfil, recortado por las luces de neón exteriores, era una oda a la imperturbabilidad. Conducía con una sola mano en el volante, la otra descansaba sobre el cambio de marchas, exudando una seguridad que a Farah le dolía.
Él rompió el silencio sin apartar la vista de la carretera, extendiéndole un pañuelo de seda negra, perfectamente doblado.
—Límpiate —dijo, con una voz que no era una sugerencia, sino un ancla—. No permitas que el rastro de la victoria de otros se quede en tu rostro.
Farah tomó el pañuelo. La tela era tan suave que se sentía como una caricia. Se limpió las mejillas con movimientos lentos, tratando de recuperar la compostura.
—Qué vergüenza —susurró ella, su voz apenas un hilo—. Otra vez me has visto en mi peor momento. Siento que mi vida se ha convertido en una función de teatro de la que eres el único espectador, y me temo que no es una obra de la que me sienta orgullosa.
Alaric esbozó una sonrisa casi imperceptible. No era una burla, era algo más profundo, una especie de reconocimiento.
—Uno siempre debe pagar por sus propias decisiones, Farah —respondió él, con un tono pedagógico que le recordaba su posición en la universidad—. Pero no debe castigarse a sí mismo por las decisiones de los demás. Lo que ese hombre ha decidido ser no es tu responsabilidad. El error de Elian es su propio balance negativo, no el tuyo.
Farah giró la cabeza para mirarlo. La luz de un semáforo bañó el rostro de Alaric, resaltando la dureza de su mandíbula.
—Profesor, su forma de consolar es... técnica. Casi parece que está analizando un estado de resultados de una empresa en quiebra.
—La autocompasión es el activo menos rentable que existe —sentenció él, retomando la marcha—. Te hace perder el tiempo, y el tiempo es el único recurso no renovable en el mercado. Si vas a llorar, que sea por una pérdida real, no por el descarte de algo que ya no tenía valor.
Farah guardó silencio, procesando sus palabras. Había algo brutalmente honesto en su frialdad que la ayudaba a endurecerse.
—Tienes razón —admitió ella, enderezando la espalda—. Llorar por Elian es como llorar por una mala inversión que ya fue declarada en pérdida. Es una ineficiencia emocional.
Un silencio denso cayó entre ambos. En ese momento, una frase involuntaria de Farah rompió la barrera profesional.
—Supongo que anoche también fue una decisión por la que tendré que pagar.
El aire en el coche se volvió eléctrico. La mención de la noche anterior trajo de golpe los recuerdos, la piel de Alaric contra la suya, el sonido de su respiración en el ático, la ferocidad con la que se habían buscado.
Alaric apretó el volante hasta que sus nudillos se pusieron blancos. La imagen de Farah bajo él, llamándolo por su nombre, lo golpeó con la fuerza de un impacto.
—Lo de anoche —dijo Alaric, con la voz un poco más profunda— no fue …
Farah sintió un calor diferente subir por su cuello. Para cambiar de tema, se refugió en lo único que sentía que aún controlaba su intelecto.
—Hablando de transacciones... los datos de las bases de datos que mencionó hoy en clase. ¿De verdad puedo usarlos? Mi tesis sobre el flujo de capital regional está estancada. Las muestras públicas son demasiado superficiales para una hipótesis de doctorado.
Alaric la miró de reojo. Por un momento, la faceta de amante y de protector desapareció, dejando paso al mentor.
—Tu premisa es innovadora, Farah. Tienes una capacidad para ver patrones donde otros solo ven caos. Mis datos de Capital XX te darían la profundidad necesaria para que tu tesis no sea solo un documento académico, sino una hoja de ruta para el sector financiero.
Farah comenzó a hablar, con una fluidez que la transformó. Explicó sus dudas sobre el modelo econométrico que estaba usando, cuestionó la rigidez de ciertos algoritmos de inversión y propuso una visión que desafiaba las normas establecidas.
Alaric escuchaba, y en su mirada comenzó a asomar algo que rara vez sentía por alguien admiración.
Cuando el coche se detuvo frente al modesto edificio de Farah, el silencio regresó, pero esta vez era un silencio expectante.
—Gracias, profesor —dijo ella, con la mano en la manija de la puerta—. Por el pañuelo, por el viaje y por... no tratarme como si estuviera rota. — Alaric la llamó justo antes de que bajara.
—Farah. — Ella se detuvo, con el corazón martilleando. Él pareció querer decir algo, una invitación, una advertencia, pero finalmente sus labios se apretaron en una línea recta. —Nada. Sube. No dejes la puerta abierta.
Farah bajó y entró en el edificio. No se dio cuenta de que el Maybach permaneció allí, con el motor encendido, durante quince minutos después de que ella apagara la luz de su salón. Alaric se quedó allí, luchando contra la contradicción.







