Victoria apenas podía procesar lo que veía.
Damián estaba allí.
Frente a ella.
Después de todo.
Después de haberla dejado caer en ese infierno.
—Doctor… —dijo con la voz temblorosa, sin apartar los ojos de su hermano—. Por favor… déjeme hablar un momento con mi hermano.
El médico frunció el ceño, incómodo.
Miró a Damián, luego a Victoria, evaluando la situación.
—No es lo correcto —respondió con firmeza—. Esta es una consulta privada.
Pero entonces vio sus ojos.
La súplica.
El miedo.
La desespe