Apollo
Carajo. Esa mujer iba a acabar conmigo.
Cada segundo a su lado me robaba el maldito aliento. Mi cuerpo dejó de pertenecerme en cuanto la toqué y ahora, al verla chorrearse sobre mí como si no le importara nada, perdía el poco control que me quedaba.
Me dejaba sin aliento. Cada arqueo de su espalda, cada temblor, cada sacudida de sus muslos, cada jadeo y gemido componían una sinfonía que me moría por escuchar. Al verla así, perdida en el placer y mía en ese momento, el miembro me palpitaba