Apollo
En cuanto se vino en mi boca, me quedé inmóvil un instante, saboreándolo todo, su dulzura, que me impregnaba la lengua de la forma más embriagadora. Cerré los ojos y me permití beber de ella, memorizar su sabor y la forma en que su cuerpo se sacudía debajo de mí. Cada temblor hacía que algo oscuro se retorciera en mi pecho y me incendiara la sangre.
No importaba cuántas veces se la hubiera comido antes, nunca me cansaba. Podía saborearla cien veces y aun así querer más.
Cuando me aparté,