GraceMe ardía la cara. Y no solo la cara; se me ponían rojos el cuello entero, los hombros, hasta las puntas de las orejas. Siempre me pasaba cuando estaba furiosa. Esa furia muda me subía por dentro como agua hirviendo. La sentía bajo la piel, a punto de estallar.Dios, en ese momento odiaba todo.La vergüenza me ahogaba. La humillación, la confusión, la impotencia de no recordar qué había pasado, y encima ese desgraciado engreído tratándome como si yo fuera una desesperada que se le metió en la cama para rogarle atención.No. No, yo no era la villana de esta historia. Era la maldita víctima. Pero ahí me había quedado sentada, lo había dejado salir y me había tragado mis palabras como una idiota.Y ahora estaba ahí, ardiendo de arrepentimiento, con el orgullo hecho pedazos.—Ejem. Señorita —interrumpió una voz.Alcé la vista hacia el asistente, o lo que fuera. Ni siquiera me estaba mirando. Al menos tuvo la decencia de no mirarme mientras yo apenas me cubría con una sábana.—Por favo
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