Roto .
—Vamos, Estela… ella estará bien —murmura Sam mientras me toma de la mano y me arrastra fuera, casi sin darme tiempo a reaccionar.
Acomoda la puerta sobre el marco y avanzamos por el callejón. Mis piernas se mueven, pero no porque yo lo decida; avanzo por inercia, como si mi cuerpo fuera un envoltorio vacío y mi mente siguiera suspendida en un silencio roto, en un pause interminable.
Cuando reacciono, ya estoy sentada en su sofá. Sam está a mi lado, los codos sobre las rodillas, la cabeza gacha