El hostal.
Quién diría que el CEO, mujeriego y desesperante, reclamaría mi corazón. Sonrío, casi eufórica, y regreso a mi lugar.
Mi mente divaga, lejos, perdida entre las sábanas de Sam y el recuerdo de su lengua deliciosa recorriendo mi cuerpo.
Pero unas palabras amables irrumpen mis pensamientos: las de mi madre. Reniego de su presencia y clavo la mirada en la pantalla del ordenador.
Una pantalla atestada de números y fórmulas de Excel.
De pronto, el celular de Sam me hace dar un brinco en la silla.
—¿S