En el trayecto a Más Uno, Sam no deja de vigilarme, de acecharme. Quiere tener bajo su control cada movimiento que hago.
—¡Basta, Sam! —chillo, enojada. No tengo paciencia para sus tonterías.
—¿Qué… qué? —pregunta fingiendo no entender, girándose hacia mí con un gesto inocente.
—No me mires más. No tengo nada —respondo cortante, con una frialdad extrema.
Sam se encoge de hombros, clava la vista en la carretera y no vuelve a pronunciar palabra en todo el camino.
Llegamos más rápido de lo que esp