Stefano
Varo gruñó de nuevo en mi pecho, impaciente.
—Acércate, huelela, tócala, nos pertenece.
Retrocedí. Varo gruñó con fuerza, frustrado.
—¡Estás cometiendo un error!
Logré resistirme, ignorarlo, aulló de rabia, estaba molesto conmigo mismo por no tener control, pero es que su cuerpo era perfecto, y aunque en medio de la oscuridad, la débil luz de la luna no me permitió ver su rostro por completo, supe que era hermosa.
Varo rugió de nuevo, furioso, exigiendo que corriera hacia ella, que la