No podía ser cruel y dejarlos a su suerte, Stefano después de todo era el padre de Likan, y en su manada había mujeres y cachorros, me imaginé en la misma suerte.
—Qué los dejen entrar —ordené, Lira gruñó en desacuerdo.
El portón se abrió y ellos entraron, los observé con detenimiento, ahí estaban, apiñados en mi patio. Los Lobos de la Tormenta, los que antes me habían humillado tanto.
Mis guerreros los rodeaban, formando un círculo tenso, con las espadas y lanzas listas. Nadie decía nada. Solo