Capítulo 42. El silencio antes de la tempestad
El polvo levantado por el coche de Federico tardó varios minutos en asentarse. Me quedé en el porche, con los brazos cruzados, sintiendo cómo el aire caliente de la tarde comenzaba a enfriarse. La adrenalina, que durante semanas había sido mi único combustible, empezaba a drenarse, dejándome una fatiga profunda en los huesos. Sin embargo, no era una debilidad que me paralizara, sino una consciencia plena de que la batalla más difícil apenas estaba comenzando.
—Ha sido un error venir aquí —dijo