Capítulo 54. La calma de la victoria
El aire afuera del juzgado se sentía distinto. Ya no era ese humo pesado de la ciudad que me ahogaba cada vez que ponía un pie en la capital; ahora se sentía como aire puro, fresco, el tipo de aire que uno respira cuando por fin se quita un peso enorme de encima. Al cruzar las puertas de cristal del edificio, me detuve un segundo en la escalinata de piedra. Cerré los ojos y dejé que el sol de la tarde me diera de lleno en la cara. Por primera vez en meses, no sentí miedo. Sentí que volvía a ser