Capítulo 20. La máscara del vencedor
El aire en la oficina de Estrada era tan denso que se podía cortar con un cuchillo, pero yo estaba en mi propio elemento. Ajusté el nudo de mi corbata de seda, sintiendo cómo mi pulso se estabilizaba por completo mientras observaba al viejo revisar minuciosamente mis libros contables. Sabía perfectamente que buscaba un error, una fisura para colarse, pero yo ya había cerrado y blindado todo con anticipación.
—Todo parece estar en orden, Federico —dijo Estrada, cerrando la pesada carpeta con un