Capítulo 23. La mesa de los secretos
La jornada en la oficina fue una completa tortura. Cada vez que el teléfono sonaba o alguien entraba sin pedir permiso a mi despacho, mi pulso se disparaba por completo. La nota anónima seguía guardada bajo llave en el cajón, pero me quemaba la mente como si fuera ácido puro. Intenté concentrarme en los informes financieros del día, pero las cifras bailaban ante mis ojos, recordándome que, en algún lugar de la ciudad, alguien sabía perfectamente que esas cuentas no eran tan legales como yo quer