Capítulo 22. El sabor de la impunidad
Desperté con el agradable peso de Carolina recargado en mi pecho. El sol de la mañana se colaba suavemente por las cortinas, recordándome que el mundo seguía girando y que yo tenía un imperio entero que dirigir. Me deslicé fuera de la cama con sumo cuidado para no despertarla, aunque ella, incluso estando profundamente dormida, buscó de inmediato mi contacto, murmurando mi nombre entre sueños como si fuera una plegaria.
Caminé hacia el baño, me di una ducha rápida y me cambié con la ropa de rep