Capítulo 24. La última pieza del rompecabezas
El sonido de la puerta del estudio cerrándose de golpe resonó con fuerza en toda la casa. Me quedé completamente inmóvil junto a la mesa del comedor, rodeada por los platos vacíos. Federico creía firmemente que sus lágrimas de cocodrilo y su burda manipulación me habían hecho sentir la esposa más egoísta del mundo. Lo que él no sospechaba es que, mientras actuaba su patético papel de marido incomprendido, yo estaba observando el desplome de su teatro con una claridad gélida; aunque, por dentro,