Capítulo 26. El padre perfecto
La mañana había empezado con una calma inusual, una fachada de normalidad que me servía para ocultar los cimientos agrietados de mi vida. Mientras Rosa preparaba todo con esa frialdad táctica que tanto me desconcertaba, yo había tomado una decisión estratégica: llevaría personalmente a Mateo y Sofía a la escuela. Necesitaba que el mundo viera —y que ellos mismos sintieran— que yo era el padre entregado, el hombre ejemplar que, pese a tener una constructora entera bajo la mira de las auditorías