La enorme mansión Moretti estaba en completo silencio cuando Dante entró. Eran apenas las dos de la madrugada, pero parecía mucho más tarde. Se quitó el saco del traje, arrugado y húmedo de sudor, mientras caminaba por el largo pasillo de mármol negro hacia la sala principal.
Allí, iluminado por las luces tenues y con un vaso de whisky en la mano, estaba Matteo Moretti. Su hermano gemelo. Sus ojos azul hielo, idénticos a los suyos, lo miraban con una mezcla de desprecio y curiosidad desde el si