Damián Feldman.
Cuando la besé, un jadeo se escapó de sus labios. Me aparté y vi que tenía los ojos cerrados y las mejillas sonrojadas.
—Amelie, maldita sea, dime que no es cierto todo lo que esa gente dice de ti —le susurré, mientras deslizaba mi lengua por su cuello. La duda volvía a invadirme por momentos.
Necesitaba tener claro que ella no era la ladrona de la que la acusaban, ni se estaba aprovechando de mi padre. Ella negó con la cabeza.
—¿También estás desconfiando de mí? —abrió los ojo