Damián Feldman
Mi padre apareció desde el pasillo que conducía a las habitaciones del hospital, con la cabeza gacha y el paso lento. Entonces era cierto: mis hijos ya no estaban. Tragué en seco; dolía, pero no era el lugar ni el momento para derrumbarme.
—Padre… ¿estás bien?
—Estamos jodidos, Damián. Jodidos y hundidos hasta el fondo.
—Papá, no entiendo lo que buscas. Primero me haces pensar que sientes algo por Amelie, y después descubro que solo la estabas usando… igual que a mí.
Él levantó