Damían Feldman.
—¡Damián! ¡Damián! —mi padre se apoyó en su bastón y se plantó frente a mí—. ¿Qué se te pasa por la cabeza, cabeza hueca?
Rodé los ojos, fastidiado. Amelie le había contado lo sucedido, claro.
—Sí, fue estúpido, padre. ¿Y qué?
—Quiero saber tus verdaderas intenciones con mi esposa. ¿Te acercaste a ella con qué fin? Porque no parece que sea para darme un tercer heredero.
Tragué en seco. No tenía un solo pelo de idiota, pero yo tampoco.
—Padre, te dije algo, y claro que voy a cum