Damián dejó el teléfono sobre el escritorio con un golpe seco. La llamada de los investigadores había sido la misma de siempre: ninguna pista de Amelie. Su paciencia comenzaba a agotarse, y con ella, la calma que a duras penas sostenía en medio del derrumbe de su mundo. Respiró hondo, recogió la chaqueta del respaldo de la silla y se dirigió hacia la sala de juntas.
Las cosas en Feldman, por ahora, estaban en calma; había logrado, gracias a inversiones de emergencia, frenar el naufragio de la c