Damián Feldman.
Era el velorio de mi padre y sobre mí se cernía una absurda esperanza de que Amelie vendría a despedirlo, pero me quedé esperando ese momento. Solamente personas cercanas, socios, algunos amigos de vieja data y familiares distantes llenaban el salón. Yo estaba allí, con el rostro impenetrable, aunque por dentro se revolvían todas mis emociones. El olor de las flores, las coronas apiladas y el murmullo apagado de voces apenas disimulaban el vacío que dejaba Bartolomeo Feldman.
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