La tarde había caído en Atenas, y la oficina de Dimitrios estaba impregnada de una tensión palpable cuando Leonidas irrumpió sin previo aviso. Dimitrios, quien estaba revisando unos informes junto a su equipo, alzó la mirada con calma, pero sus ojos azules fulminaron al intruso como cuchillos afilados.
—¿Qué haces aquí, Leonidas? —preguntó Dimitrios con una voz baja pero cargada de autoridad.
Leonidas cerró la puerta tras de sí y se acercó con una actitud relajada, aunque sus palabras mostraban